¿Una ciudad más verde puede ayudar a combatir el asma?

Las teorías son todavía muchas y discordantes, pero hay quienes dicen que vivir más cerca de un parque puede disminuir los síntomas

Durante la cumbre de la Sociedad Europea de Enfermedades Respiratorias (ERS) en Milán en Septiembre 2017, se presentaron los resultados de un estudio en el que se correlaciona la frecuencia de los síntomas de asma, con una proximidad mayor o menor a zonas verdes. Si bien podría parecer obvio pensar que para las personas asmáticas vivir cerca de espacios verdes es mejor, la conclusión de esta investigación no es compartida por toda la comunidad científica.

El asma constituye un problema de salud que se comporta como una autentica plaga de los paises desarrollados y esta muy condicionada por el modo de vida urbano. Según los datos de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), en España esta enfermedad respiratoria crónica afecta alrededor de dos millones y medio de personas. Un 5% de los adultos y un 10% de los niños son asmáticos. El estado destina un 2% de los recursos de la sanidad pública a las consecuencias del asma, a pesar de que se calcula que en un 50% de los casos, la enfermedad no está convenientemente diagnosticada.

La obesidad y el tabaquismo son factores de riesgo evitables que pueden desencadenar el trastorno, que también es una de las principales causas de absentismo laboral y escolar.

Las razones del incremento del asma en el mundo son muchas y complejas, aunque se podrían indicar factores que van más allá de los propios genéticos, como el desarrollo industrial, la alimentación, la contaminación ambiental, la obesidad o el tabaquismo.

¿Más verde público es una solución?

La investigación presentada en Milán es obra de un grupo de especialistas de la Universidad Johns Hopkins y la Universidad de Maryland. Los científicos compararon la frecuencia de los síntomas (falta de aire, dolor en el pecho, sibilancias) sufridos a lo largo de dos semanas por un grupo de niños asmáticos de Baltimor, residentes a diferentes distancias de parques y zonas verdes.

En este trabajo se correlaciona la distancia entre el hogar de un niño asmático y el parque más cercano, con la entidad de los síntomas que padece el paciente. Los resultados dijeron que por cada trescientos metros más de distancia, los niños experimentaban un día más de malestar al año. Según los investigadores, su trabajo: “subraya la importancia de los parques para la salud de las personas y sugiere que una política urbanística adecuada podría tener un impacto importante en la salud, especialmente la infantil”.

¿Y si fuera al revés?

Sin embargo, como afirma el doctor Payam Dadvand, investigador de ISGlobal, un centro impulsado por la Fundación La Caixa, “por el momento no hay evidencias concluyentes de que en sí misma una mayor proximidad a las áreas verdes pueda aliviar los síntomas de la enfermedad, al contrario, en algunos casos, la mayor concentración de polen en el aire puede incluso acentuarlos, además hay mucha diferencia entre el verde natural de un bosque y un parque urbano”.

Con el estado actual de conocimiento de la enfermedad asmatica , la presencia de verde no es una garantía absoluta, porque “los factores a tener en cuenta son multiples: desde el clima, al nivel de contaminación, a la densidad de población, a la cantidad de tiempo de exposición y también al tipo de vegetación”, avisa Dadvand.

ISGlobal ha realizado pruebas con niños asmáticos de la costa atlántica española, en Asturias y Guipúzcoa, y en el Mediterráneo, en Sabadell y Valencia, que dieron resultados diferentes: en el primer caso la proximidad a zonas verdes produjo una reducción de las sibilancias, en los segundos el síntoma que disminuyó fue la bronquitis. En España, como informa SEPAR, la costa presenta más casos de asma que el interior.

¿Demasiada higiene nos hace más frágiles?

Existe también la ‘hipótesis de la higiene’, según la cual un niño nacido en un lugar rodeado por el verde estaría expuesto a una mayor cantidad de microbios y esto aumentaría la fortaleza de su sistema inmunológico, disminuyendo, entre otros, también el riesgo de desarrollar el asma. La teoría fue enunciada en 1989, cuando el epidemiologo británico David Strachan sugirió que el rápido aumento de enfermedades como el asma alérgica o la fiebre del heno podría atribuirse a una menor incidencia de la infección en la primera infancia.

Diversas investigaciones han encontrado que los niños de las áreas en vías de desarrollo del mundo tienen menos probabilidades de desarrollar dermatitis, alergias, intolerancia a los alimentos o asma, que los niños del mundo desarrollado. No se trata de vivir en la suciedad, sino de dejar que los pequeños entren en contacto con gérmenes durante el juego, pasando más tiempo al aire libre y con sus amigos.

 

Si es cierto que el sistema inmunológico debe ser ‘entrenado’ para reaccionar adecuadamente ante los estímulos externos, la higiene es una conquista a la que no debemos renunciar

Dicho esto, “transmitir el mensaje de que la higiene es mala para la salud es un error”, avisa el Dr. Dadvand. Si es cierto que el sistema inmunológico debe ser ‘entrenado’ para reaccionar adecuadamente ante los estímulos externos, la higiene es una conquista a la que no debemos renunciar y menos a la profilaxis ofrecida por las vacunas. Necesitamos, una vez más, el menos común de los sentidos.

Está claro que a la investigación científica aún le queda mucho camino, ya que, como explica el Dr. Dadvand: “Estamos trabajando en todas estas hipótesis, pero todavía no hay una respuesta definitiva”. Lo que de momento ya es bastante cierto es que una mayor cantidad de verde público reduce la contaminación del aire, que es una causa, esa sí segura, del agravarse del fenómeno y, además, ofrece a los niños un sitio donde jugar y crecer.